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Si presto atención a aquello en lo que ocupo un día común y corriente me encuentro rápida y fácilmente con una rutina clara y definida. Levantarme temprano, leer un poco, ducha, vestido, caminar con el perro, y salir rumbo a la oficina.   Llamadas, mensajes, reuniones, y entre tanto logros, frustraciones, planes, y mas llamadas mas mensajes y mas reuniones hasta que se acaban las horas de luz natural y el espacio en la agenda de ese día.   Con las horas se va la energía del cuerpo y finalmente, regreso a casa, múltiples saludos, caminar con el perro, ducha, cama y sueño.   Al día siguiente … levantarme temprano, leer, ducha vestido caminar con el perro y rumbo a la oficina, llamadas mensajes reuniones …

En realidad permanezco muy concentrado en el rigor de los horarios. Puedo probar que, si no he salido de casa a las 6:00 am, mis sentimientos y emociones durante el recorrido no serán agradables, de hecho, creo, por sus caras, que los de el carro de al lado tampoco están muy emocionados. Concentrado en lograr que las horas del día sean suficientes para hacer llamadas, para mantener la bandeja de correos en un nivel “razonable y manejable”. Concentrado en el uso eficiente del tiempo de las reuniones, concentrado en la productividad, y claro, concentrado en hacer tiempo, durante el regreso a casa para devolver las llamadas que no contesté durante las reuniones y las otras llamadas.

Parece que permanezco concentrado mas no distraído; todo indica entonces que soy estúpido.

Hoy despedí a mi madre en el aeropuerto. Regresa a casa tras casi un año en esta ciudad.    Pongámoslo en números: 50 semanas, 350 días.     Antes de sentarme a escribir hice un esfuerzo por recordar las visitas que hice a mi madre durante estas 50 semanas: Logré recordar algunas, y seguro no fueron suficientes. La llamé todos los días, eso si, pero es que eso lo hago también cuando ella está fuera, en su casa.

Cuando mi madre no esté ni siquiera podré llamarla, y seguramente yo buscaré mantenerme concentrado en reuniones y llamadas y mensajes, simplemente para no pensar que, definitivamente, soy un estúpido.